miércoles, 25 de octubre de 2017

Si de leer se trata...


Poco recuerdo de mi infancia y de la lectura en esa etapa de mi vida. Mi primer acercamiento a los libros fue antes de empezar mi escolarización. Previo a alfabetizarme, leer para mí consistía en una vaga descripción de las imágenes que observaba en las hojas. En mi casa, no era habitual la lectura, y por lo tanto, pocos ejemplares podíamos encontrar. No como aquel “que es rico en recursos”, menciona Homero en La Odisea, en cuyo hogar probablemente eran más abundantes. Perdidos entre mis juguetes recuerdo sólo dos cuentos, Los tres chanchitos y Caperucita Roja. Cuando mamá llegaba de la extensa y exhausta jornada laboral pedía que los lea. “¡Soplaré, soplaré y tu casa derribaré!” y “¡Son para comerte mejor!”, resuenan en mi mente con la voz del lobo feroz que mamá inventaba.
Luego, aquellas pocas hojas adornadas, con muchos colores brillantes y grandes ilustraciones dejaron de ser característicos en mis libros. Al comenzar la escuela primaria, el primer libro que recuerdo es el manual de clases. Era muy grande, con muchas letras y números. Sin embargo, lo más importante de ese libro era su finalidad: lo utilizábamos para hacer TAREA. Su contenido debía servir para algo, aprender a leer, para encontrar los verbos o para detallar la extraordinaria vida de algún prócer. A pesar de lo emocionante que significó para mí poder descifrar las expresiones de letras combinadas, la lectura se convirtió en una práctica aburrida.
Uno de los libros que más recuerdo, de la escuela primaria, es Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga. Lo que más me gustaba era la ilustración en la etapa, en especial aquel pájaro azul radiante. Recuerdo que leímos todos los cuentos de ese libro durante las clases. Me sorprendía cuando al finalizar su lectura, surgía un sin fin de interpretaciones entre mis compañeros.
Luego empecé la escolaridad media y, en primer año, la profesora de Historia nos hizo leer un libro. Nos propuso La Odisea, de Homero, para analizar durante ese año escolar. Si bien la historia del protagonista era interesante, al concluir la lectura del libro, la docente nos evaluó utilizando el tradicional cuestionario. Por lo cual, el entusiasmo que nos provocó el cuento se redujo a una sencilla actividad, cuyo fin era detectar personajes principales, tiempos y espacios.
Después me sumergí en el mundo de las redes sociales y los maquillajes, y ya no destinaba ningún tiempo a la lectura, ni dentro ni fuera de la escuela. Excepto a la lectura por obligación de alguna u otra hoja para alguna prueba, hasta poder repetirla de memoria.
Empezando tercer año, volví a una biblioteca para comprar un libro. La profesora de Literatura nos pidió leer Metamorfosis, de Franz Kafka. Si nos referimos a las lecturas escolares, fue una de las que más me gustó. El enigma sobre qué le pasaba al personaje principal me atrapo tanto que, si bien solo era requisito leer algunos capítulos, terminé de leer todo el libro.
Al finalizar la escuela media, no lograba comprender ni vivenciar aquel placer de lectura, del que tanto escuchaba hablar. Mis amigas más cercanas disfrutaban de algunos libros. En lo que a mí respecta, no conseguía compartir lo mismo. Leer, en mi opinión, era una práctica aburrida y sin sentido. No le dedicaba ningún tiempo, y si lo hacía solo era por obligación.
Comenzando mi carrera terciaria, me aterraba ver la cantidad de hojas y textos que debía leer. No me entusiasmaba la idea de saber que debía enfocarme en eso. Sin embargo, para mi sorpresa, en mis primeros acercamientos a los apuntes la situación se revirtió. Gran parte de los textos que las profesoras seleccionaban lograban atraparme. A pesar de que estos materiales también son útiles, como los de toda mi escolaridad, captan mi interés y disfruto su lectura. Me permiten imaginarme con el guardapolvo blanco y analizar qué haría ante cada situación. También viajar al aula, donde en la puerta figure el cartel “seño Paula”, decorado por mí.
La elección de mi carrera no sólo me permite disfrutar de la lectura de textos académicos, también experimento actualmente la difícil y emocionante decisión de seleccionar libros para niños. “Es preciso buscar con el corazón” diría El Principito (Saint-Exupéry, 2015, p.82). El trabajo con los libros infantiles nos permite viajar, junto con los alumnos, a diferentes mundos, como también involucrarnos en las vidas e historias de diferentes personajes. Personalmente adoro verlos disfrutar y elegir sus libros favoritos. Compartir sus sentimientos e ideas al escuchar cada relato.
Si de leer se trata, hace no mucho, experimente las posibilidades que la lectura brinda tanto a niños como a adultos. Los viajes sorprendentes que emprende. Involucrarse, conocer, informarse, viajar, asombrarse, razonar. A veces lecturas tan personales, otras muy compartidas. Disfrutar leyendo. Leer para disfrutar.

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