Poco recuerdo
de mi infancia y de la lectura en esa etapa de mi vida. Mi primer acercamiento
a los libros fue antes de empezar mi escolarización. Previo a alfabetizarme,
leer para mí consistía en una vaga descripción de las imágenes que observaba en
las hojas. En mi casa, no era habitual la lectura, y por lo tanto, pocos
ejemplares podíamos encontrar. No como aquel “que es rico en recursos”, menciona
Homero en La Odisea, en cuyo hogar probablemente eran más abundantes. Perdidos entre mis juguetes recuerdo sólo dos cuentos, Los tres chanchitos y Caperucita Roja. Cuando mamá llegaba de
la extensa y exhausta jornada laboral pedía que los lea. “¡Soplaré, soplaré y tu casa derribaré!” y “¡Son
para comerte mejor!”, resuenan en mi mente con la voz del lobo feroz que mamá
inventaba.
Luego,
aquellas pocas hojas adornadas, con muchos colores brillantes y grandes
ilustraciones dejaron de ser característicos en mis libros. Al comenzar la
escuela primaria, el primer libro que recuerdo es el manual de clases. Era muy
grande, con muchas letras y números. Sin embargo, lo más importante de ese
libro era su finalidad: lo utilizábamos para hacer TAREA. Su contenido debía
servir para algo, aprender a leer, para encontrar los verbos o para detallar la
extraordinaria vida de algún prócer. A pesar
de lo emocionante que significó para mí poder descifrar las expresiones de
letras combinadas, la lectura se convirtió en una práctica aburrida.
Uno de los
libros que más recuerdo, de la escuela primaria, es Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga. Lo que más me gustaba era
la ilustración en la etapa, en especial aquel pájaro azul radiante. Recuerdo
que leímos todos los cuentos de ese libro durante las clases. Me sorprendía
cuando al finalizar su lectura, surgía un sin fin de interpretaciones entre mis
compañeros.
Luego empecé
la escolaridad media y, en primer año, la profesora de Historia nos hizo leer
un libro. Nos propuso La Odisea, de
Homero, para analizar durante ese año escolar. Si bien la historia del protagonista
era interesante, al concluir la lectura del libro, la docente nos evaluó
utilizando el tradicional cuestionario. Por lo cual, el entusiasmo que nos
provocó el cuento se redujo a una sencilla actividad, cuyo fin era detectar
personajes principales, tiempos y espacios.
Después me
sumergí en el mundo de las redes sociales y los maquillajes, y ya no destinaba
ningún tiempo a la lectura, ni dentro ni fuera de la escuela. Excepto a la
lectura por obligación de alguna u otra hoja para alguna prueba, hasta poder
repetirla de memoria.
Empezando tercer año, volví a una
biblioteca para comprar un libro. La profesora de Literatura nos pidió leer Metamorfosis, de Franz Kafka. Si nos referimos a las lecturas
escolares, fue una de las que más me gustó. El enigma sobre qué le pasaba al
personaje principal me atrapo tanto que, si bien solo era requisito leer
algunos capítulos, terminé de leer todo el libro.
Al finalizar la escuela media, no lograba
comprender ni vivenciar aquel placer de lectura, del que tanto escuchaba
hablar. Mis amigas más cercanas disfrutaban de algunos libros. En lo que a mí
respecta, no conseguía compartir lo mismo. Leer, en mi opinión, era una práctica
aburrida y sin sentido. No le dedicaba ningún tiempo, y si lo hacía solo era
por obligación.
Comenzando mi carrera terciaria, me aterraba
ver la cantidad de hojas y textos que debía leer. No me entusiasmaba la idea de
saber que debía enfocarme en eso. Sin embargo, para mi sorpresa, en mis
primeros acercamientos a los apuntes la situación se revirtió. Gran parte de
los textos que las profesoras seleccionaban lograban atraparme. A pesar de que
estos materiales también son útiles, como los de toda mi escolaridad, captan mi
interés y disfruto su lectura. Me permiten imaginarme con el guardapolvo blanco
y analizar qué haría ante cada situación. También viajar al aula, donde en la
puerta figure el cartel “seño Paula”, decorado por mí.
La elección de mi carrera no sólo me permite
disfrutar de la lectura de textos académicos, también experimento actualmente la
difícil y emocionante decisión de seleccionar libros para niños. “Es preciso
buscar con el corazón” diría El Principito (Saint-Exupéry, 2015, p.82). El
trabajo con los libros infantiles nos permite viajar, junto con los alumnos, a
diferentes mundos, como también involucrarnos en las vidas e historias de
diferentes personajes. Personalmente adoro verlos disfrutar y elegir sus libros
favoritos. Compartir sus sentimientos e ideas al escuchar cada relato.
Si de leer se trata, hace no mucho, experimente
las posibilidades que la lectura brinda tanto a niños como a adultos. Los
viajes sorprendentes que emprende. Involucrarse, conocer, informarse, viajar,
asombrarse, razonar. A veces lecturas tan personales, otras muy compartidas.
Disfrutar leyendo. Leer para disfrutar.
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